Crónica de una travesía a bordo de un crucero por Usuahia, Patagonia Argentina
El crucero del ''Terra Australis" recorre sitios de memorable belleza: el hielo en contraste con la vegetación, las superficies congeladas y la solidez de la piedra patagónica.
Arribamos a unas rocas bajas, sobre las cuales, con toda nuestra inexperiencia, hicimos pie, y comenzamos a trepar al gigante de hielo patagonico.
Tuvimos, entonces, una extraña sensación: esa masa parecía tener vida, soportar nuestra caminata con cierta displicencia, y latir bajo nuestros pies casi imperceptiblemente. En medio de ese paisaje azul, nos dimos el gusto de tomar un whisky con los mismos hielos del glaciar, mientras disfrutábamos, emocionados, de la magnificencia inmóvil de la naturaleza.
Alrededor, sólo gaviotas y cormoranes, algunos patos solitarios, recordaban que, en algún lado, también existía el movimiento en la patagonia argentina.
Noches Mágicas
El resto del día, ya a bordo, transcurrió plácidamente, mientras nos deslizábamos con la suavidad de un pato por el Beagle, contemplando el paisaje helado que nos rodeaba en un marcado contraste con el confort calefaccionado del barco. Los más arriesgados -yo entre ellos- nos animamos a afrontar los rigores de la temperatura sobre cubierta.
Así vimos desfilar los ventisqueros España, Alemania, Francia y Romanche, hasta que, por fin, recalamos el viernes a la tarde en Puerto Williams, la población más austral del mundo -base de la Armada chilena-, situada en la ribera norte de la encantadora isla Navarino, patagonia argentina.
En Puerto Williams nos sorprendió la policromía de los veleros de banderas de otros mares, amarrados junto a su tripulación de franceses, entre otros.
Retornar al crucero "Terra Australis" significó reencontrarnos con una vida escandalosamente agradable. Si resulta fascinante aprender, mientras se navega, los secretos -contados por el chef en persona- de especialidades de la cocina chilena, como la increíble "sinfonía de mariscos” más atractivo todavía es degustarlas.
Y si alguno de nosotros hubiera deseado verdaderamente aburrirse, debería haber afrontado inconvenientes como el animado bingo, las partiditas de poker -una emoción que, de vez en cuando hay que permitirse- y eludir los cocktails, la buena música y los tragos largos.
Volví a mirar más allá de la borda; ahora estaba convencida, no me había equivocado.
El sábado fue un amanecer dorado en Ushuaia, donde el brillo de la nieve se derrama desde los Montes Martiales para encontrarse con las profundas aguas del canal, en la que los rayos de un tibio sol la riegan.
Ushuaia, sur argentino, nos deparó la belleza del Parque Nacional Lapataia -significa textualmente "bahía de la buena madera”- con sus magníficos bosques de lengas, ñires, cohihues, maitenes y canelos, entre los que discurrimos alegremente, saludados por los cantos de los pájaros -cormoranes, cauquenes, la gaviota cocinera.
Después de internarnos bastante, topamos con el río Lapataia, y de este modo llegamos al sereno Lago Roca, un bellísimo espejo azul contenido por los Montes Pirámide y Toro, y sostenido por un lecho donde blancas piedras forman un conjunto.
Los relatos de travesías por los mares australes argentinos y la patagonia, donde la historia, la leyenda y los mitos se confunden con una naturaleza salvaje, casi brutal, siempre -lo confieso- me resultaron fascinantes.
Y cuando digo travesías, pienso en veleros; claro que no soy precisamente una navegante experta, de modo que tripularlos era, creía, algo fuera de mi alcance.
Después, sucedió lo increíble.
Una tarde encontré a una amiga, exultante y tostadísima, que me contó una historia de aventuras náuticas: ella, tan urbana, las había vivido.
Por su aspecto, se notaba que no exageraba -no demasiado-, y fue entonces que decidí imitarla, y embarcarme, junto a un reducido grupo de argentinos, en el crucero "Terra Australis", un buque de bandera chilena, el mismo en el que navegó mi amiga, y que cumple este periplo austral.
Cuando zarpamos -era el atardecer de un miércoles ventoso y frío-, después que el capitán Hernán España y su tripulación nos dieran una digna bienvenida a bordo, 'pisco sour mediante, y después, también, de conocer a los que serían nuestros compañeros de ruta -un grupo de simpáticos chilenos- miré con desconcierto a la inmensidad que, tras la borda del barco, nos rodeaba.
Cierta nostalgia me invadió, y no pude menos que preguntarme si había hecho la elección correcta; mientras, el resto del pasaje comenzaba un discreto jolgorio, que culminó en nuestra primera cena: mérito de la centolla de Magallanes, los ostiones australes, el salmón y los vinos chilenos y, sobre todo, de la buena compañía, mis dudas comenzaron a disolverse en un pocillo de café.
La mañana del jueves nos sorprendió con la grandiosidad profunda del ventisquero Agostini, una masa imponente de silencio y quietud en medio de un mar azul oscuro, con hielos desprendidos que navegaban a la deriva en la corriente. Las montañas rocosas, salpicadas de nieve, prolongaban al ventisquero, que nos cerraba, al fondo, el paso, con hielos azules y fosforescentes en destellos.
El barco fondeó, y vestidos con los abrigos y ropas impermeables, como así chalecos salvavidas de las que nos proveyeron, y con bastante miedo en los raudos Zodiacs.
El bamboleo inicial de estas pequeñas embarcaciones, fue sustituido prontamente por un recorrido algo menos que raudo, zigzagueante, entre témpanos altos y amenazantes.
De tanto en tanto, algún lejano desprendimiento levantaba espesas columnas de espuma, y un sonido vibrante nos hacía estremecer; finalmente,
Fuego y los Hornos
En efecto, sus estudios de la zoología que halló a bordo del Beagle unidas a sus largas meditaciones, lo llevaron a forjar su teoría de la evolución de la especies.
Hoy, con menos privaciones -en realidad, ninguna- se puede embarcar en el crucero Terra Australis los día sábados desde Ushuaia, patagonia argentina, o los miércoles desde Punta Arenas: en este segundo caso, habrá que volar desde Santiago de Chile, hacer noche en la ciudad y desde allí, volar a Punta Arenas.
Es importante saber que el viaje puede realizarse entre septiembre y marzo, época indicada para la región.
Regresamos estremecidos -ese registro interno que atribuimos al corazón-, deslumbrados por tanta belleza, y que, desde Haberton, continuamos navegando por el canal de Beagle hasta el islote Snipe, las islas Picton, Lennox y Nueva, travesía en la que nos sorprendió la noche. Y no se trataba de una cualquiera: fue la Cena del Capitán, en la que desembocamos luego de los infaltables copetines.
Allí, vestidos con nuestras mejores galas (que todos reservábamos, con sigilo, para el evento), nos resultó difícil reconocernos, acostumbrados a vernos metidos en equipos de desembarco, chalecos, salvavidas, gorros y demás pertrechos.
La cena estuvo a tono; con esplendidez, superó nuestras previsiones -no pudimos menos que aplaudir al chef y sus ayudantes-, y mientras saboreábamos un exquisito postre helado, el crucero "Terra Australis" navegaba plácidamente, ajeno a nuestro baile fervoroso en el Sky Lounge, esa noche de domingo y madrugada del lunes.
Playa Nevada
Madrugar, luego de esta trasnochada el lunes, no fue obligación sino placer; el barco entraba en ese momento al brazo noroeste del Beagle, aproximándose al Seno Garibaldi. Las montañas, aquí oscuras y salpicadas de nieve, se tendían como la adecuada escenografía a la imponencia con aires de eternidad del ventisquero: lo que estremecía, en este caso, era el silencio, la noción de insignificancia, y el maravilloso equilibrio natural, vibrando como un violín dulcísimo.
Sumamos una nueva emoción: el cruce el paso Brecknock, una oquedad tallada a martillo, serenamente atravesada gracias a la pericia de nuestro capitán.
Podría terminar contando que el martes nos despertó un sol alucinante, como si la nieve hubiera sido un sueño, que pudimos despojarnos de nuestros abrigos, y que por la tarde recalamos ante Fuerte Bulnes.
Prefiero, en cambio, recordar el espíritu de amistad que se generó entre todos los pasajeros, el ajetreado intercambio de direcciones, las promesas -escribirnos, enviarnos nuestras mejores fotos- insistir en las emociones vividas, la paz, la aventura, el riesgo sin peligro, el entorno salvaje y el confort interior, y hasta las ventajas de la zona franca en Punta Arenas, un free shop más que conveniente.
Y verme, ante la última taza de café, tan distinta a la primera vez -el café, en realidad, seguía siendo el mismo, yo no- con una nostalgia muy diferente: la de saber que volveré, y pronto, a recorrer estas aguas.
Pronto, a veces, es demasiado tiempo. Mejor, pongo fecha.
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